October 17, 2019

Sin cambiar de mentira, (des)memorias de un franquista

Comunicado de La Comuna sobre las declaraciones de Utrera Molina

José Utrera Molina (Málaga, 1926) fue gobernador civil, ministro y secretario general del Movimiento – el remedo de partido fascista creado por los franquistas – con Franco en los 60 y 70, y está imputado en la Querella Argentina (2014) por crímenes de lesa humanidad cometidos durante el franquismo, en su caso por ser uno de los firmantes de la sentencia de muerte emitida por un tribunal militar franquista sobre Salvador Puig Antich (asesinado por garrote vil el 2-03-1974). Ahora ha hecho unas declaraciones de reafirmación fascista, a la vez que de negación de la realidad, a un medio de comunicación (Periodista Digital 28.04.15), que resultan una auténtica provocación a la memoria histórica, y a la simple decencia política y democrática.

Las declaraciones se dan en el marco de una entrevista que el citado medio le hace, en tono claramente adulador, utilizando como excusa la re-edición de sus memorias, “Sin cambiar de bandera”, cuyo título ya es sobradamente auto-explicativo. Efectivamente, en la entrevista este individuo, que a sus ya citados “méritos” añade el de ser miembro del patronato de la Fundación Francisco Franco, reitera su convicción fascista: él sigue impasible enarbolando la bandera de los asesinos que se alzaron contra el pueblo español en el 36 y siguieron oprimiéndole y explotándole durante 40 años.

Más allá de majaderías e incoherencias (“la elegancia en política se terminó con José Antonio”, “la mili redimió a muchísimos españoles”, “Franco no deseaba sublevarse”) que pueden ser simples síntomas de una incipiente demencia senil, esta descarada proclama franquista merece ser comentada, a nuestro juicio, por dos motivos bastante más serios:

Por una parte, porque expresa una vez más la vergonzosa anomalía anti-democrática que vive nuestro país en relación a su reciente pasado dictatorial. No solamente los criminales no son juzgados, no solamente no se apoya la recuperación de la dignidad de las víctimas y sus familiares, sino que los propios criminales siguen vanagloriándose de sus hechos, siguen gozando de foros donde se les jalea, y gozan de una impunidad que en casos como el de este sujeto les lleva incluso a adoptar una chulería desafiante de auténtico matón (nunca mejor dicho).

Además, hay un daño colateral derivado de toda esta falta de verdad y justicia histórica, de efecto más duradero y profundo: la falsificación de nuestra historia reciente, la tergiversación sistemática de los hechos. Y a ello también se apunta, sin vergüenza ni escrúpulos, este fascista. Algunas perlas de su peculiar cosecha: “Lo que no se puede es dejar de justificar el alzamiento, porque fue una necesidad histórica”, “Hubiera dado la vida por evitar un enfrentamiento entre hermanos, pero fue imposible la paz” (lamento pacifista que atribuye al propio Franco), “El sistema de la seguridad social lo crea y desarrolla Francisco Franco”.

Esta sistemática labor de blanqueo del franquismo no es sino una reacción lógica a la indefinición, al silencio oficial cómplice respecto a los crímenes del franquismo, que es aprovechado por los epígonos fascistas, de los que Utrera es solo una muestra bastante patética, y por otros neo-demócratas, para ser ellos quienes llenen ese vacío, re-escribiendo la historia, demonizando la República y santificando el golpe militar (recuperando la idea de cruzada), y al régimen derivado de este.

Pero ante el penoso balance de injusticia y déficit democrático que presenta nuestro país en relación a los crímenes del franquismo, el peso de la responsabilidad histórica última no puede obviamente recaer en personajes como Utrera, simples residuos de la caverna franquista, sino en los poderes políticos, instituciones y partidos mayoritarios, que se han negado hasta la fecha a dar ningún paso en pro de la verdad, la justicia y la reparación, como les reclama buena parte de nuestra sociedad y todos los organismos de derechos humanos internacionales.

Denunciar tanto a los neofranquistas más descarados como a sus cómplices más discretos, pero igualmente culpables de la injusticia y la ocultación históricas sobre la que se construyó el régimen de la transición, seguirá siendo nuestro reto y deber democrático.

 

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