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Vicio y penitencia del cardenal

 

 

 

Antonio Pérez, 14 abril 2015.

¡La que se ha liado por el ático del cardenal Rouco Varela!, ¡qué frufrú de sotanas encrespadas y qué cacareo en las sacristías! Y todo porque unos cristianos-de-base acusan al ex presidente de la Conferencia Episcopal (78 años) de vivir en un piso de casi 400 m2 valorado en más de dos millones de euros, reforma incluida. Por semejante mansión, la Iglesia debería pagar un IBI cercano a los 5.000 euros. Pero nunca los pagará porque está exenta de impuestos; la Iglesia sigue así una tradición que se remonta al año 1.296 –por lo menos-, cuando el papa Bonifacio VIII prohibió en su bula Clericis laicos que los curas pagaran impuestos a los poderes civiles. Claro está que la Iglesia se moderniza constantemente hasta el punto de haber logrado no sólo dejar chiquito a Bonifacio sino incluso elevarse a un estadio superior: ahora es Ella la que cobra impuestos al Estado.

Antes de opinar, conviene que sepamos un pequeño detalle: según la meticulosa declaración del arzobispo Osoro, el pisito es propiedad “de una fundación y alguien lo dejó ahí para la Iglesia” –te seguimos Maestro por lo bien que te explicas- y era la residencia de cuatro curas. Ahora lo ocupan el cardenal, su secretario y dos monjas. Es decir: no ha variado su densidad habitacional. Tampoco sobra saber que este pisito-patera está en la calle Bailén, enfrente de la Capitanía y del Consejo de Estado y calle por medio del regalo que Tierno Galván hizo al Papa – la excesivamente impoluta catedral de la Almudena-. Y lo que más nos ha llamado la atención: sus cimientos coinciden con los del Viaducto, el tradicional punto final de los suicidas madrileños.

Permítanme una fantasiosa digresión: hace poco tiempo, una comisión de La Comuna y Goldatu viajó a Buenos Aires para testimoniar en la Querella Argentina. Los compañeros argentinos les acompañaron en una visita a la infame ESMA, ayer centro de torturas y hoy museo de la memoria. En aquel lugar de miseria pero también de victoria en diferido, los represaliados por el franquismo preguntaron por qué los milicos no fusilaban directamente a los rebeldes en lugar de tomarse la molestia de doparlos, subirlos a un avión y tirarlos al mar. Respuesta de los compas porteños: “El método criminal fue tan enrevesadamente superfluo por indicación de la Iglesia. Algunos obispos [¿Bergoglio entre ellos?] sugirieron a sus fieles asesinos que su obligación como cristianos era arrojar vivas a sus víctimas porque así, en la caída, les daban la oportunidad de despertar, arrepentirse e ir al cielo”. Es probable que nadie pueda aportar una prueba fehaciente de la verdad de esta anécdota pero, conociendo a la Iglesia, nadie negará que es plausible.

Pues bien, creo que el retorcimiento del alto clero argentino ha inspirado a Rouco para aposentarse en su nuevo pisito, precisamente desde donde mejor se puede observar a los suicidas del pueblo pobre e impío estampándose contra su destino. Le imagino apoltronado en su fastuosa terraza, observando cómo el Sol se pone hacia la lejana Extremadura y el cercano Campamento y esperando la caída libre del próximo pecador. Alguna vez le acometerán las dudas: “Esa mujerzuela que se empina sobre la balaustrada, ¿caerá de pies o de cabeza, soltará mucha o poca sangre, se le verá o no la ropa interior?”. Como buen clérigo, incluso de tarde en tarde estará tentado de gritar durante el desplome del suicida: “¡Arrepiéntete!, ¡arrepiéntete y con mi bendición in articulo mortis irás al cielo!”.

Sin embargo, Rouco es un hombre piadoso y dialéctico. Abomina del vicio que se esconde tras su mórbida centinela. Por ello, alterna el pecado con la penitencia. Para compensar su voyeurismo con el Viaducto, desde la misma poltrona otea también el apocalipsis de su sueño más querido: la frustrada Ciudad de la Iglesia más conocida como Cornisa de Las Vistillas. ¡Ah, cardenal!, ¡cuántos (malos) recuerdos le acosan cuando imagina lo que pudieron haber sido aquellos 80.000 m2 que le quiso regalar el entonces alcalde Gallardón pero que no llegaron a materializarse por culpa de la resistencia vecinal, de contener zonas verdes y dos Bienes de Interés Cultural y, para remate, de las inesperadas sentencias judiciales! Con lo chulo que le había quedado el proyecto: casa de la iglesia, biblioteca, hasta un polideportivo… Y todo gratis et amore porque Gallardón corría con los gastos.

¡Ay, señor Rouco!, el presidente de su empresa le enseñó que, para los pobres el lujo es milagro pero también debió enseñarle que, para los Reverendísimos que siempre vivieron en él, el lujo ha de ser vicio y penitencia.

SALUD Y REPÚBLICA

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