October 23, 2017

Actualidad:

La memoria de La Comuna en Carabanchel

Muchos años después. Manuel Blanco Chivite

Hace tiempo que ya no existe la cárcel de Carabanchel. Durante una época, cualquier ciudadano sin hacer ningún mérito, podía visitarla acompañado de un amable guía encargado de exorcizar los fantasmas más horrorosos de tan cercano pasado.

Hace unos años, una amiga mía visitó el tenebroso recinto y preguntó al amable guía por la ubicación de las llamadas celdas bajas. El amable guía le dijo que tales ergástulas jamás habían existido. Cuando me lo contó, me palpé el cuerpo, el costillar, las piernas, la cabeza y comprobé que, indudablemente, yo seguía estando ahí. La duda sobre mi propia materialidad surgió del exacto recuerdo que conservo de los 45 días que pasé en la galería subterránea denominada, ya lo he dicho más arriba, CPB – Celdas de Prevención Bajas-.

¿Estuve, quizás, en un lugar inexistente? ¿Existió realmente aquélla mañana del 27 de septiembre del 75? ¿Existió el franquismo o fue tan solo una larga siesta de un pueblo dócil bajo la mano paternal de un general con alguna querencia autoritaria?

No es un tema frecuente en mis conversaciones, pero cuando alguna vez se tercia hablar de todo aquello con personas de menos de treinta años, les resulta difícil creerlo. ¿No sucedería todo eso en algún lugar inexistente? Sin embargo, ocurrió y duró sus buenos cuarenta años. Y no hubo ni paternalismo ni docilidad…

En fin, para terminar, no tengo sino que disculparme por haber estado en una galería de la muerte inexistente y haber sobrevivido para contar ciertas inconveniencias. Seguramente, no capté, en el momento debido, el espíritu de la transición y de su peculiar capacidad para hacer que las cosas no existan.

Celdas de Castigo en la Cárcel de Carabanchel. Luis Puicercús. Propaganda ilegal. Itinerario de prisiones 1972-1975. El Garaje Ediciones

Las celdas de castigo de la cárcel de Carabanchel estaban situadas en un anexo a la Sexta galería, al lado del Reformatorio (donde estaban internados los reclusos políticos y comunes menores de edad). Para acceder a esta zona había que atravesar la Quinta galería. Al final, en un extremo, se encontraba la entrada a otra pequeña galería presidido por un cartel que decía CPB (Celdas de Prevención Bajas).

Y, en efecto, eran bajas, ya que aquella zona era, en realidad, una galería subterránea situada por debajo del nivel de los patios. Disponía aquella galería de un pasillo central y dos laterales, situados en paralelo. El pasillo central discurría entre dos paredes de cemento y desembocaba en una pequeña garita de funcionarios y en una mesa de madera. En este lugar se desnudaba y cacheaba a los reclusos antes de su internamiento en la celda.

Ocasionalmente, ese reducido espacio servía para que los funcionarios golpeasen a alguno de aquellos obligados inquilinos. Se ensañaban especialmente con los acusados de algún intento de fuga, ya que como ellos mismos explicaban “ponían en peligro sus puestos de trabajo”. Uno de los que sufrió esa irracional agresión fue el compañero libertario, miembro de los Grupos Autónomos, Agustín Rueda. Este compañero fue acusado de la excavación de un túnel junto a seis internos más. Identificados por la dirección de la cárcel como los responsables de ese intento de fuga, fueron interrogados y salvajemente torturados por los funcionarios de Carabanchel. Agustín no consiguió sobrevivir y murió el 14 de marzo de 1978.

Se podía acabar en celdas de castigo por infinidad de causas, reflejadas la mayoría de ellas en el Reglamento Penitenciario. El recluso era juzgado por una denominada Comisión de Régimen Disciplinario de la prisión, formada generalmente por el director, el subdirector, el cura, el jefe de servicio y el maestro-censor. Se exponían los hechos, reales o no, por los que se juzgaba al recluso y se le imponía una sanción, castigada generalmente con períodos de internamiento en “régimen de aislamiento” (no las denominaban “celdas de castigo”). En realidad, juzgado y preso dentro de la cárcel. Esas sanciones impedían al preso la posibilidad de “redimir” las penas a cambio de trabajos en el interior de la prisión (se contabilizaba tres días por cada dos trabajados). También se le prohibía al preso las visitas y las comunicaciones escritas.

Se accedía a las celdas por los estrechos pasillos laterales: a un lado, las puertas cerradas con cerrojos, al otro una pared y, en lo alto, unas pequeñas ventanas con rejas que daban a dos patios. Las celdas de castigo eran bastante más pequeñas que las normales. En medio de ellas había una puerta enrejada que las dividía en dos partes. La más pequeña de ellas, hacía el exterior, tenía una puerta de madera chapeada con planchas de hierro, con un ventanuco en el centro. Encima de la puerta había una tablilla donde se escribía con tiza el nombre del castigado. Cada puerta tenía tres cerrojos. El preso estaba en la parte interior de la celda, en un espacio de unos tres metros cuadrados.

Facilitaban al preso un colchón y una manta -increíblemente sucios-, además de un plato, un vaso y una cuchara metálicos. No se disponía de ninguna clase de productos para la higiene, ni ropa, ni nada. El colchón y la manta se guardaban durante el día en la parte exterior de la celda y sólo se podía tener acceso a ellos por la noche.

Las celdas de castigo no tenían ningún tipo de iluminación ni ventilación. La única luz por el día venía a través de las ventanas de la galería y por la noche provenía de las bombillas del pasillo. En el interior de la celda sólo estaba la taza del váter y un sucio cubo de plástico.

Se tocaba “diana” a las siete de la mañana. Un funcionario abría las dos puertas, facilitaba al castigado una también sucia escoba y un preso común llenaba el cubo de agua. Con aquella exigua cantidad de agua había que lavarse, beber, hacer la “limpieza” de la celda y usarla para el váter, ya que no existía cisterna.

A lo largo del día no se podía estar sentado en el suelo ni apoyado contra la pared, ni mucho menos tumbado. La única alternativa consistía en pasear por la celda o quedarse quieto, pero nunca sentado o echado. Los funcionarios amenazaban “con entrar” si se incumplían aquellas normas. Cada vez que entraba un funcionario en la celda había que colocarse contra la pared del fondo y con las manos en la espalda.

Se controlaba al preso a cualquier hora del día o de la noche a través del “chivato” (orificio reglamentario situado en la puerta de la celda, situado a la altura de los ojos, que permitía vigilar, sin ser vistos, el interior de la celda).

Para hacer más insufrible la estancia del castigado, los funcionarios más sádicos -la mayoría-, echaban cubos de agua en el interior de la celda. Una parte de aquella acababa absorbida por las paredes, que rezumaban humedad durante días.

Una semana en el interior de aquellas mazmorras era una auténtica tortura. Algún compañero que estuvo en su interior vio alguna inscripción de tal o cual preso común que había permanecido allí encerrado hasta ¡seis meses!

Muchos años después, cuando la cárcel dejó de funcionar, se permitió a quien lo solicitase, visitar el lugar donde habían estado encarcelados. La mayor parte de aquellas visitas las solicitaron presos políticos encarcelados durante la etapa franquista. Para tal evento pusieron a disposición de los expresos un guía que explicaba aquellas estancias. Al ser preguntado por la ubicación de las celdas de castigo, aquel bien aleccionado guía afirmó rotundamente que aquellas nunca habían existido en aquella prisión.

Comments
6 Responses to “La memoria de La Comuna en Carabanchel”
  1. Angel Martínez dice:

    Todas las dictaduras tienen el mismo denominador, que consiste en suprimir o destrozar la identidad humana a travez de la tortura o la muerte. Excelente relato con bella sintonía de frases !!!

  2. Angel dice:

    Lo que cuenta de las celdas de castigo de la antigua cárcel de Carabanchel es absolutamente cierto. Yo disfruté de ellas durante varias semanas tras un motín carcelario en enero de 1969. Puedo dar fe de lo que dice. No lo soñó ni fue víctima de alucinaciones. En tal caso yo también las tengo.

    El torturador oficial era un preso común, un tal Cayón, antiguo policía condenado por múltiples asaltos y violaciones. Afortunadamente el director lo mantenía alejado de los presos políticos. Fue apuñalado por una de sus víctimas carcelarias tras ser puesto en libertad. Su antecesor, otro preso de confianza, fue arrojado a las vías del metro madrileño cuando un convoy hacía su entrada en la estación. Los presos comunes las llamaban el “chupano” porque los que salían de ellas estaban pálidos, enflaquecidos y demacrados.

  3. Angel dice:

    Todas las prisiones tenían su “chupano”. Al del Penal de Burgos le llamaban “el frigorífico”. No mantenían a nadie más de 22 días seguidos por temor a que perdiera la vida. Conocí a un antiguo preso anarquista conducido allí por el horrendo crimen de poseer clandestinamente un aparato de radio. En pocos días nloqueció y tardó años en recuperarse. El del Penal de Ocaña se llamaba “el tubo”. El de la cárcel de Alcalá de Henares no tenía nombre pero guardo un recuerdo poco grato de él.

    http://albertoblazquezsanchez.blogspot.com.es/2011/01/ni-de-cerca-ni-de-lejos-3-anos-y-medio.html

    Comentarios a antiguo artículo sobre la inauguración del Parador de Alcalá de Henares:

    «Lo siento. Estuve alojado en ese Parador en tiempos de Franco, cuando era cárcel. Allí disfruté de la hospitalidad del Régimen durante año y medio, hasta que mi padre consiguió que me trasladaran a la prisión de Jaén, donde todos éramos presos políticos.

    Mi aposento estaba en el patio del antiguo claustro. Habían levantado muros entre los arcos y construído celdas, neveras en invierno y hornos en verano. Durante años me acompañaron en mis pesadillas los gritos de dolor de los presos que eran llevados a ese pabellón de celdas de castigo y que eran bárbaramente torturados por sus sádicos carceleros. Los golpes que les daban con sus porras y sus manos sonaban de forma siniestra en aquellas noches.»

    ¡DICTADURA NUNCA MÁS!

  4. Angel dice:

    A mi me tocó en mi época de estudiante universitario pasar por la prisión de Carabanchel. Nunca se me olvidará el día en que puse mis pies en aquel antro. Cuando traspasé el último rastrillo me dio en la cara un fuerte olor a humanidad hacinada. Un terrible estruendo de cornetas (todo funcionaba a golpe de toques militares), un ruido infernal de puertas metálicas que se abrían y cerraban, las voces de los presos y de los ordenanzas y lo más tétrico, una placa donde se citaba un comentario de Franco en el que decía que el régimen penitenciario español era el más justo, católico y humano de todo el mundo. Puro sarcasmo

    Frío mortal en invierno y chinches en verano hacían aún más incómoda la vida en aquel infierno.

  5. Angel dice:

    Hablando de Carabanchel, yo también pasé dos veces por celdas bajas. La primera vez fue en el momento de ingresar en prisión. El Juzgado Militar decretó nuestra incomunicación, que se prolongó por veintidós días. Al no estar castigados nos permitían fumar. Fue el único privilegio que tuvimos. A los diez días los políticos de la 6ª Galería, justo encima de nosotros, se declararon en huelga de hambre en protesta por la instalación de micrófonos en los locutorios. Tenían que hacer sitio y nos trasladaron, aún incomunicados, al último piso de la 7ª Galería. En vísperas de las Navidades de 1968 nos levantaron la incomunicación y nos trasladaron a la 3ª. Días después cumplí dieciocho años de edad.

    Un mes más tarde me juzgaron. Consejo de Guerra Sumarísimo. Salí con quince años de condena. Dos días después, tras las movilizaciones provocadas por el asesinato del estudiante Enrique Ruano, la Dictadura decretó el Estado de Excepción. Bien pronto se fue llenando la 3ª galería de detenidos. Las detenciones fueron masivas e indiscriminadas, más que en estados de excepción posteriores en que fueron más selectivas. Los políticos llegaron a ocupar tres plantas, la parte izquierda de la Planta Baja y de la Segunda, así como la totalidad de la Primera. Muchos de los detenidos eran del PCE, bastante cabreados porque habían sido ajenos a aquellas movilizaciones estudiantiles y echaban la culpa de su situación a los restantes partidos y organizaciones, en particular a los universitarios. Luego supieron rentabilizar aquello, pero en aquel momento eran totalmente hostiles. Otros eran antiguos condenados que ya no militaban en ningún partido, detenidos por sus antecedentes. Como todo el mundo temía, pronto llegaron las excarcelaciones a la Dirección General de Seguridad. No sacaban a los procesados o condenados, pero sí a los presos gubernativos detenidos por el estado de excepción. Una noche se llevaron a uno. Alarmados, un gran número de presos quisieron evitar por cualquier medio las excarcelaciones. Los del PCE querían protestar con una huelga de hambre. Los restantes, oponiéndose físicamente y llegando al motín si era preciso. Una mañana nos encerraron en nuestros cubículos y aprovecharon para sacar a dos. Algunos no estábamos chapados en las celdas, sino en una que hacía las veces de comedor colectivo. Empezaron a gritar por las ventanas que se llevaban a dos compañeros. Los funcionarios cometieron el error de empezar a distribuir el vino. Yo me encontraba, junto con otros, en la celda-comedor. De repente se abrió la puerta. Allí estaban el cabo, el Jefe de Galería y dos presos repartiendo la bebida. Estamos en la Primera Planta. Alertados por los gritos, vimos a los dos compañeros escoltados por funcionarios abandonando la Galería con destino a la DGS. La reacción fue unánime y espontánea. Arrollamos a los carceleros, salimos al pasillo y empezamos a abrir las puertas de las celdas alertando por lo que sucedía. Primero en nuestra Planta. Luego en la superior y en la Baja. Estalló el motín.

    Decenas de puertas metálicas empezaron a sonar con gran estrépito. Era un ruido infernal. A medida que se iban abriendo las celdas salía más gente a los pasillos. Pronto resonaron de forma contundente los gritos de «Libertad, Libertad». La verdad es que era una escena impresionante y que ponía los pelos de punta. Casi hacía llorar de emoción. Cientos de presos lanzando un grito que si en condiciones normales era rompedor y subversivo, en aquellas condiciones estaba más que justificado. Las bases del PCE rebasaron a sus dirigentes, que pedían calma y se unieron al motín. «¡Libertad, Libertad!». Aquello era realmente increíble. Los presos comunes salieron en masa a contemplar la escena. Miraban asombrados. Algunos sonreían y parecían simpatizar con lo que estaba sucediendo. El Jefe de Galería hizo sonar varias veces la corneta mandando silencio. La primera reacción, por un reflejo condicionado fue callar, pero todo era inútil. Pronto estallaban las protestas con más fuerza. Llegó el Jefe de Servicios. Nuevos toques de corneta y una pitada estruendosa, arreciando aún más los gritos exigiendo libertad. Pronto sonaron las cornetas en la 5ª y 7ª galerías y empezaron a chapar a los presos comunes.

    Llegó el Director, un tal Don Leoncio. Un individuo que aparentaba sesenta años y de corta estatura.

    – Soy el Director, soy el director, gritaba con voz de falsete. Cada uno a su celda, cada uno a su celda.

    – ¿El Director? Tú lo que eres es un gilipollas, le contestó uno de los amotinados.

    – ¡Cállate, hijo de puta! – le espetó un preso vasco del PNV, al que si mal no recuerdo sus compañeros llamaban con el apodo de “Pirulo”.

    – Si no te vas de aquí ahora mismo vas a bajar rodando por las escaleras – le lanzó otro recluso vasco.

    Don Leoncio, el Jefe, de Servicios, el de Centro y otros carceleros que le acompañaban emprendieron la retirada bastante asustados. El Director, quejándose de los insultos recibidos, salió de la Galería y fue a telefonear a la Dirección General de Seguridad. Durante dos horas aquello quedó en calma tensa, con la Galería prácticamente tomada y los funcionarios nerviosos y en actitud resignada. Pasado ese tiempo empezaron a llegar a la puerta de la cárcel autobuses y furgonetas llenas de grises, preparados para intervenir. El Director no se atrevió a entrar pero pidió hablar con una delegación de los amotinados. Amenazó con hacer pasar a la Fuerza Pública si los reclusos no deponían su actitud. Se estableció una tregua temporal y la situación pareció volver a la normalidad. Pasó la tarde en un compás de espera y a la hora reglamentaria se distribuyó la cena. Durante ese tiempo se celebró una reunión de los responsables políticos. Los del PCE consiguieron calmar a sus bases. Propusieron disolver el motín y más adelante hacer una huelga de hambre si era necesario. Anarquistas, independientes y marxistas-leninistas querían mantenerse alzados, evitando entrar en las celdas. A medida que transcurrían las horas y arreciaban las amenazas de intervención policial, se fueron calmando los ánimos.

    Después de repartida la cena aceptamos recluirnos en nuestras celdas. Los carceleros intentaron conservar la calma, aparentaban normalidad y disimulaban. Mientras volvíamos a nuestro encierro avisaban por teléfono a todos los que estaban fuera de servicio para que se presentaran en la prisión. A las diez de la noche, una multitud de funcionarios fueron abriendo celda por celda y sacando a los presos. A los que estaban en la primera Planta y habíamos participado en la apertura de puertas nos llevaron a Celdas Bajas. Otros fueron llevados a una sección de la 7ª Galería previamente habilitada e introducidos en celdas individuales. Otros quedaron en la Tercera Galería, pero separados y en régimen de aislamiento. Días después comunicaron los castigos. 40 días de aislamiento a la mayoría. Otros excepcionalmente se quedaron con 20 y algunos en régimen de vida mixta durante 15, aislados durante 23 horas y con una de patio paseando en círculos e impedidos de comunicar entre ellos.

    Así terminó el motín de enero de 1969. No hubo más excarcelaciones durante los dos meses restantes que duró el Estado de Excepción.

  6. Kamilla dice:

    Todo realmente muy real. Es espantoso como todo siguió tal cual en cierre en 1997. Yo estaba en los últimos supiros agonizantes de Carabanchel. Y aunque yo piense que pasé por mucha cosa absurda, cuando leo esta gente comentando arriba, me doy cuenta que no me pasó nada grabe. Estoy organizando desde Brasil, un montón de depoimentos de personas que estubieron conmigo allá y de otros que estubieron en otra época. Me gustaria que no sólo en España si interasen de lo que pasó en este país, pero que sepa el mundo entero!!!
    Si tu quieres enviarme alguna experiencia tuya en Carabanchel, entra en contacto conmigo. Tenemos de dejar en la história mundial todo lo que sufrimos en esta maquina de castigo y opresion social. Saludos.

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