March 27, 2017

Sugerencias para mejorar el museo y archivo de la policía.

Antonio Pérez, miembro de La Comuna. Palencia, 26 de septiembre de 2014

El Excelentísimo Señor Director General de la Policía, el Licenciado Ignacio Cosidó Gutiérrez (Salamanca, 31.VII.1965), quiere secuestrar el edificio de la antigua Cárcel de Palencia, hoy convertido en Centro Cultural, para degenerarlo y empobrecerlo en Museo y Archivo de la Policía. Menospreciar la cultura reduciéndola a una chabacana exhibición policíaca ya es grave pero apropiarse de un espacio ocupado desde el año 1936 por la memoria de la resistencia antifranquista, aun es peor. Que los agentes políticos que causaron el genocidio de la mejor España expulsen a la verdadera Historia viva y la sustituyan sin el menor remordimiento por su versión neo-franquista, es añadir el agravio a la injuria. Por las razones que iremos viendo más adelante, el pueblo palentino y los antiguos ocupantes (forzosos) de esta cárcel, somos los propietarios legítimos de este Centro Cultural. Estas minúsculas Sugerencias sólo aspiran a ser una más de las expresiones de rabia que semejante atentado neo-franquista produce en la mejor parte de la ciudadanía. A efectos expositivos, las dividimos en: a) el Archivo y b) el Museo.

EL ARCHIVO POLICÍACO

Hablar de archivo es hablar del pasado. En cuanto al pasado inmediato de la policía española, ¿cuáles y cuántos documentos acumulará el Archivo en cuestión? Y la pregunta del millón: ¿cuáles y cuántos estarán a disposición del público? Además, si tenemos en cuenta que el franquismo y el neo-franquismo son regímenes esclavistas y neo-esclavistas –es decir, que ocupan todos los órdenes de la vida social e incluso de la individual-, ese Archivo debe comprender todas las exacciones, crímenes y métodos expeditivos –léase, desaparición y tortura- perpetrados contra el pueblo español, incluidos los de esos delincuentes llamados ‘comunes’ o ‘sociales’. No obstante, para no extendernos demasiado, nos centraremos sólo en la sección política de la actividad policíaca. En este sentido, preguntamos: el susodicho Archivo, ¿qué clase de documentos acumula de la extinta Brigada Político-Social y de su vigente heredera? Además, dando por supuesto que sólo una ínfima parte de ellos verán la luz, volvemos a preguntar: ¿cuántos de ellos serán accesibles al dominio público?

Como es de sentido común saber que la Policía española –la de historia más inconfesable de todas las policías europeas- sólo conserva documentos expurgados que acreditan su pericia en las deducciones perspicaces y en los interrogatorios inteligentes, resulta obvio que su Archivo representa sólo una milésima parte de lo que debería conservar. Esta ilegal discriminación se convierte en mentira palmaria y en feroz censura cuando de temas políticos se trata. Todos los archivos deben estar completos y al servicio de la verdad histórica por lo que, ¿tendría sentido esforzarse en consultar un archivo fascistoide, fascista, incompleto e intrínsecamente mentiroso? Tras más de setenta años de concienzuda, perenne y sistemática ocultación de la verdad, ¿alguien en su sano juicio cree que la consulta de este Archivo español puede ayudar a descifrar nuestro pasado como ciudadanos españoles? Más aún, será un ingenuo o un malvado quien crea que sus documentos mejorarán sustancialmente la causa de la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas del franquismo y del neo-franquismo. Otra cuestión es que, pese a sus escandalosas carencias (delictivas puesto que es delito ocultar información oficial), indudablemente deben ser del dominio público, algo sistemáticamente negado a lo largo de toda la ‘joven democracia española’.

Y, para rematar, un aviso a historiadores y archiveros que, pese a parecer un detalle nimio, requiere una breve introducción. Junto con el Dinero y el Ejército, la Policía es la más pura expresión del Poder y, por ende, sus decisiones importantes son inconfesables e incompatibles con la escritura. Al igual que los Presidentes, la mesa de la Policía está desnuda e impoluta: no tiene papeles. No hay más que ver las fotos de los Grandes Despachos para comprobar la descarada ausencia de carpetas y expedientes. Esta manía por la clandestinidad se manifiesta aún más claramente en las reuniones de alto nivel. Recapacitemos un momento: en los tiempos de las video-conferencias, además de escenificar el obsceno espectáculo de su unidad frente al populacho, ¿qué necesidad tienen los Grandes Prebostes de reunirse tan a menudo? Ninguna, pero siguen encontrándose en persona porque sus conspiraciones se organizan única, exclusiva y literalmente hablando. Pues bien, la Policía padece la misma alergia a cualquier método gracias al cual se guarde constancia de sus actividades reales y, puesto que la escritura es el más peligroso, a lo largo de los siglos su decisión ha sido meridianamente clara: nada de papeles. Sin embargo, para esconder esta norma y para despistar a los investigadores ingenuos es por lo que debe fabricar –y fabrica- ingentes cantidades de papel burocrático.

Por todo ello, no se necesita ser historiador, archivero, covachuelista, adivino ni profeta para afirmar que, si sale al público, ese Archivo sólo contendrá información administrativa manipulada e incluso ella será de ínfima calidad. Y todavía peor: será información ya publicada obtenible en otras fuentes; por ejemplo, consultando la propaganda de la propia Policía. En este sentido, por pura ociosidad nos hemos permitido perder un poco de tiempo ojeando la revista ‘científica’ de la Policía. Entre los (escasos y zarrapastrosos) hallazgos que nos depara esa publicación, mencionaremos sólo algunos viejos párrafos porque suponemos que antigüedad y archivo son vocablos cuasi sinónimos.

Comenzamos en 1945, cuando el redactor encargado de ‘lo político-social’, era Eduardo Comín Colomer, prolífico escribidor que llegaría a dirigir la Escuela Superior de Policía dando así el enésimo ejemplo de que la policía siempre es política. En un número de esa revista, encontramos algunos nombres dignos de recordar -y no precisamente por su bondad-, que son enumerados para informar de sus nuevos cargos. Ellos son:

“Comisaría General de lo Político-Social: Lisardo Álvarez Pérez (Comisario General, asistido por los secretarios particulares Amando Vega Venero y Emilio Espinosa Querol), Reynaldo Caruncho Astray (Secretario oficial), Julio Lanza Hoyos (Segundo Jefe). Otros cargos: Tomás García-Consuegra Vergara, Benito Ortega Pérez, Joaquín Caruncho Astray, Manuel Martínez Aguirre, Juan Pablo de Guinea y Sata, Luis Marcos González” (ver Policía. Revista técnico-legislativa, año IV, nº 35, enero 1945)

Nueve años después, la misma revista oficial nos informa de algunos otros nombres de destacados policías ‘sociales’:

“Con fecha 18.XI.1953, la Dirección General de Seguridad nombra a los siguientes comisarios e inspectores para las Jefaturas de las Brigadas Regionales dependientes de la División de Investigación Social: Gerardo Pérez Gobernado (para la de Madrid), Antonio Neto Maestre (Sevilla), Juan Eugenio Barranco Ramírez (Málaga), Antonio Cano González (Valencia), Pedro Polo Borreguero (Barcelona), Atanasio Fernández Odriozola (Zaragoza), Luis Mejía Martínez (Bilbao), Rafael Coloma Gisbert (Oviedo) y José Lamas Quesada (La Coruña)”(ver Policía. Revista técnico-legislativa, nº 144, febrero 1954)

Dejando aparte a los maniáticos del escalafón y recordando que estas viejas revistas policíacas no están en internet o lo están pero brutalmente censuradas, ¿quiénes más podrían estar interesados en el Archivo general? Por si hubiera esos ‘además’, hacemos el siguiente

Generoso ofrecimiento de mejoras archivísticas

No cabe duda de que existen historiadores y eruditos que están interesados en la consulta de este Archivo. Unos lo harán por ideología, otros por pura maldad y algunos más por curiosidad pasajera o por morbo personal. Para paliar la frustración que les espera, los expresos del franquismo podemos aportar al archivo policíaco algunos materiales, desde testimonios personales hasta los curricula y –aunque están en internet- las fotos de egregios servidores del Orden como Antonio González Pacheco -inspector de la Brigada Social franquista, más conocido como Billy el Niño-, y el ex capitán de la Guardia Civil Jesús Muñecas Aguilar, ambos imputados como torturadores en la causa subsiguiente a la Querella Argentina (4591/2010, Juzgado Federal nº1, Buenos Aires) y, por tanto, en la lista roja de Interpol.

Ahora bien, si prefieren los relatos de colorines a la grisura de los papeles oficiales, podemos mejorar el Archivo con testimonios autobiográficos de quienes tuvimos la desgracia de habernos topado con la policía política franquista. Tranquilos, esta vez no vamos a narrar ningún hecho horroroso. Me limitaré a contar una anécdota que quizá ilustre sobre la preparación técnica de los ‘sociales’ de entonces: quien suscribe fue detenido en Asturias según desembarcaba de un barco mercante que había zarpado de Chile poco antes del golpe de Estado protagonizado por Pinochet. La Brigada Político-Social encontró en mi equipaje unos cuantos rollos de fotografías que, con las prisas, no me había dado tiempo a revelar. Pues bien, al mismo tiempo que me interrogaban, de vez en cuando sacaban la película de un carrete y bromeaban: -“Uy!, qué bonitas fotos, todas grises”. Al poco rato, todos mis carretes estaban despanzurrados y por el suelo serpenteaban unas cuantas tiras de película velada con aires de matamoscas sin pegamento y sin moscas. ¿Destruyeron mi memoria fotográfica por pura maldad, por pereza o como demostración de que menospreciaban mi potencial subversivo? Encontrar la respuesta no me interesó ni entonces ni ahora porque, en aquella comisaría, lo único que hice fue alegrarme de que no cayeran en sus zarpas unas cuantas fotos que, de haber sido reveladas, hubieran supuesto un serio disgusto para mí y para algunos colegas.

A veces, en algunas afortunadas ocasiones, así de groseramente se comportaba la policía política. Por anteponer la burla o el sadismo al rigor de la investigación, perdían evidencias factuales útiles para apuntalar su informe ante el Juez, fuera éste civil o militar. Aunque, en el fondo, ¿para qué se iban a molestar en desarrollar sus técnicas profesionales si eran ellos mismos quienes dictaban las sentencias?

EL MUSEO POLICÍACO

Según la World Museum Community, en este planeta hay más de 55.000 museos repartidos en 202 países. Entre esas decenas de miles, encontramos museos maravillosos pero también museos estrambóticos, maniáticos, egolátricos y hasta superfluos; de hecho, ahora lo mismo se inaugura un museo para mayor gloria de un ídolo de la cultureta pop que un museo dedicado a los espías (600.000 visitas anuales), a la Mafia (Las Vegas, 2007) o especializado en falos de animales (desde 1997, abierto en Reikiavik)

Pues bien, al margen de ese maremágnum, los museos de las policías conforman una categoría aparte y no precisamente por su excelencia. Al revés, por su parcialidad, truculencia infantiloide, amoral fanatismo y amateurismo hortera, es una categoría marginal y prescindible. Un ejemplo del abismo que existe entre un museo normal y uno cualquiera de los hoy llamados ‘museos de la policía’ lo encontramos en Wikipedia. Según esta consultadísima fuente, la categoría ‘museo policial’ “no requiere ser clasificada según la escala de calidad”. Es decir, que museos como el que se pretende instalar en la Antigua cárcel de Palencia son mundialmente considerados de tan ínfima estofa como para no merecer ni siquiera la molestia de ser analizados y clasificados según criterios cualitativos -su calidad no está ni se la espera-.

¿En qué se basa la Museología para arrojar con tanto desparpajo al cubo de la basura a los museos de la Porra y del Tolete? Entre sus muchas razones –domesticidad, secretismo, tremendismo, imposibilidades de verificación y de homologación, clasificaciones arbitrarias, ausencia de registros fidedignos, etc.-, nos centraremos en una de orden cuasi filosófico que analizaremos en el siguiente parágrafo.

Experimentación y seguridad

Todas las piezas que atesoran los museos fueron experimentales en el momento de su creación. Esa pintura famosa fue en su día el experimento de un artista, ese moderno invento cibernético o esa antiquísima rueda de carro significaron una innovación. Ahora bien, experimentar siempre conlleva un riesgo, como subrayó el ex sindicalista José Luis Corcuera -luego ministro del Interior y artífice en 1992 de una ley de Seguridad Ciudadana, más conocida como de “la Patada en la Puerta”- cuando avisó en frase imperecedera que “los experimentos, con gaseosa”. A la experimentación se opone la Seguridad y, ¿quién más segura que la Policía? Por ello, es evidente que, si la Policía de entonces hubiera logrado imponerse, Velásquez no hubiera innovado con las Meninas ni, con mayor razón, los chinos hubieran inventado la pólvora.

Por lo tanto, un Museo de la Policía es una contradicción y un absurdo: es racionalmente aberrante y, en último extremo, metafísicamente imposible. Pero, si ello no fuera suficiente, veamos cómo entiende la policía española que debe ser su –digamos- museo.

Museos y salitas de estar

Como corresponde a una familia endogámica, cerrada y secreta, la policía española entiende su Museo como algo exclusivamente propio; uséase, como un duendecillo íntimo y doméstico al que molestan las visitas. En consonancia, su Sala de Honor está presidida por un par de muestras de la más rancia pintura dominguera española. Así las describen en la página web oficial:

Retrato de S.S.M.M Los Reyes: “Ubicados en la sala de la Constitución, se hallan dos excelentes retratos de SS.MM. Los Reyes de España. Oleos de 130 x 98 cm., ejecutados con el más puro estilo realista, cuyo colorido contrasta extraordinariamente con el gris azulado del fondo. Dejan ver en sus rostros y manos un acabado escrupulosamente minucioso, mientras que en la vestimenta la factura de ejecución es más suelta, más espontánea, con algunas pinceladas que de alguna manera revelan la extraordinaria personalidad del autor. El autor: el subinspector Gregorio Palomo Díaz (1935-1993) Su estilo pictórico fue el hiperrealismo. Sus temas preferidos fueron los retratos y bodegones.”

Y para acentuar su aire de mesa camilla, nada más propio que adornarla con esa porcelana –quizá porcelanosidad– que no debe faltar en ningún cristiano hogar que se precie: una ostentosa lladrosidad. Sigue la página web:

Musa de la Pintura: “Esta valiosa pieza de porcelana de Lladró, representando una Musa de la Pintura. Fue entregada por la Tercera Promoción en el año 1985. Se trata de una magnífica pieza de 75 centímetros que se exhibe dentro de una vitrina de cristal construida específicamente. Representa una bella imagen femenina, de cuerpo estilizado, cabellos largos movidos por el viento, larga túnica ajustada al acuerpo revelando tenuemente aspectos anatómicos, brazos delgados y largos que terminan en cuidadas manos y en finos y ágiles dedos que sujetan pincel y paleta; todo un conjunto armonioso, que sugiere sensibilidad artística y elegancia”.

Del resto de las piezas de este ‘museo’, ¿para qué hablarles? Cabrían en cualquier horroroso museo de los horrores, pongamos por caso el de Cera. O en cualquiera de esas concurridísimas exposiciones de reproducciones de instrumentos de tortura, las atribuyan a la Inquisición o al Tutankamon de turno.

Por otra parte, quizá sea oportuno apuntar aquí algunas muestras de las (desastrosas) relaciones que la Policía mantiene con los museos en general. Un par de ejemplos: en 2006, supimos que la policía no lograba encontrar una escultura de Richard Serra que, desde 1992, había desaparecido del madrileño museo Reina Sofía; por lo habitual, el hecho no sería reseñable de no ser porque esa escultura pesa treinta y ocho (38) toneladas. Más recientemente, en julio del 2014, fuimos informados de que el museo del Prado desconoce el paradero de 885 obras aunque, en honor a la verdad, debemos añadir que, trabajando desde el 2008, la policía había encontrado 41 piezas. Unas seis piezas/año: a este paso, se necesitarán 130 años para que la policía española reintegre al Prado todo su patrimonio.

Uti possidetis

El Derecho español se inspira en el Derecho Romano y éste contempla la figura del derecho de propiedad que los ocupantes de un lugar tienen sobre ese lugar por el simple hecho de que lo habitan desde tiempos ‘inmemoriales’. Es el principio del uti possidetis (como poseéis) que comenzó siendo una fórmula diplomática para dirimir disputas bélico-territoriales. Pues bien, puesto que estamos en una guerra entre las pretensiones de la Policía y las pretensiones del pueblo palentino, los ex presos que habitamos la Antigua cárcel de Palencia podemos apoyar al pueblo añadiendo nuestros derechos como ocupantes de larga data al derecho del pueblo que siempre estuvo allí. En menos palabras: los ex presos tenemos más derechos de propiedad sobre esa ex cárcel que los enjuagues y marramucias que alegue la Policía quien, a fin de cuentas, sólo traspasó el rastrillo de entrada para perpetrar alguna grave ilegalidad.

Creo reflejar el sentir de los compañeros con los que compartí la cárcel de Palencia si añado que nosotros los ex presos no vamos a pedir la nuda propiedad sobre ese edificio ni tan siquiera el usufructo sino que, con sumo gusto y entera libertad, cedemos nuestros derechos al pueblo palentino.

Ello por lo que se refiere al inmueble. En cuanto al mobiliario, una duda nos corroe: ¿a quién pertenece? Porque, visto que todos sus objetos son pruebas del delito y/o de convicción, tenemos serias dudas. ¿Acaso esas siniestras piezas salpicadas entre el menaje del hogar no deberían estar en los Juzgados? Abundando en la misma razón: ¿dónde están los documentos que acrediten que el Juzgado de turno ha cedido su propiedad a la policía? Lo preguntamos porque, de no encontrarse, hemos de colegir que la policía los ha robado al Poder Judicial.

Generoso ofrecimiento de mejoras museísticas

Continuando la misma política de mano tendida que hemos propuesto para el Archivo, también el museo de la Policía podría mejorar con las aportaciones de los ex presos. Con ello no pretendemos que la Antigua de Palencia se convierta en un museo de los ex presos -lo que, por otra parte, sería una reivindicación democrática- sino simplemente establecer con nuestros torturadores físicos y/o psíquicos una relación dialéctica, diacrónica y dialógica.

Veamos un ejemplo de esa hipotética relación. En la página web de su museo, se destaca que la Policía fue condecorada por la Biblioteca Nacional por haber recuperado unos cientos de libros:

Medalla de Oro de la Biblioteca Nacional. En 1.990, la Biblioteca Nacional concedió la Medalla de Oro de la Institución al Grupo de Investigación de Delitos contra el Patrimonio Histórico, por un brillante servicio consistente en la recuperación de 500 libros de inestimable interés histórico y científico, valorados en más de 2000 millones de pesetas. Dichos ejemplares habían sido robados de la institución por un grupo de delincuentes organizados.

Hecha la cuenta de la vieja, calculamos que cada libro valía de media unos 24.000 euros (4 millones ptas.) Muchos euros nos parecen pero no vamos a regatear esa valoración con bibliotecarios ni con policías. En el marco de la nueva relación ex presos-policía, solamente querríamos que esa medalla de oro fuera acompañada por las medallas de hojalata que los ex presos concederíamos a la policía por los miles de libros que nos robó. Quizá todos juntos no alcancen el valor monetario de aquellos 500 de la Biblioteca Nacional pero, ¿y si los valoráramos desde el punto de vista político, educativo y emocional?

Asimismo, el museo exhibe una medalla de plata conseguida por un policía en las pruebas de pistola de la Olimpíada de Helsinki 1952. Muy bien, enhorabuena. Los ex presos la mantendríamos pero pediríamos respetuosamente que estuviera acompañada por las pistolas de reglamento con las que nos hirieron o, mejor aún, las que nos pusieron en la sien. El conjunto, una argéntea medalla destellando en un piélago de negras pistolas, causaría en los visitantes una impresión inolvidable. Incluso podría ganar en el extranjero alguna bienal de Arte Contemporáneo simplemente ilustrándolo con una cartela explicativa redactada en el peculiar estilo de la investigación policial, algo así como Spanish Prisoners and the Smoking Guns.

Seguir con los ejemplos sería el cuento de nunca acabar. Mejor si atendemos a los efectos teóricos que tendría la Nueva Relación. Podríamos resumirla en que, dando entrada a los testimonios y objetos de los ex presos, se rompería la extendida creencia según la cual los museos son obscenas exhibiciones del botín de guerra –grosso modo, civil en el caso policíaco e internacional en el caso militar-. En el mismo sentido, las aportaciones de los ex presos también contribuirían a deshacer el peligroso prejuicio de que, gracias en especial a la cibernética, la policía está consiguiendo una totalitaria hipertrofia de su vigilancia contra los ciudadanos y que, con el museo, amplifica ese totalitarismo a los espacios de la memoria. Nada más lejos de nuestro ánimo que favorecer la expansión de semejantes lugares comunes. Por mucho que los datos sean incontrovertibles, no podemos comparar el panóptico universal que denuncian las distopías ciudadanas con la traducción museológica de aquel panóptico carcelario que bien conocemos. El panóptico del futuro contemporáneo tiene remedio pero su solución comienza con la exhibición museística de la kollaboration ex presos-policía. Definitivamente, con nuestras magnánimas aportaciones para la mejor marcha del museo policíaco nadie podrá decir que rechazamos cualquier negociación con el enemigo.

Aunque, si lo pensamos dos veces, todo ello no sería suficiente para equilibrar la mugre oscurantista consustancial a esa sub-clase de museos de la Picana y la Bañera. Quizá fuera mejor renunciar a la proverbial generosidad de los ex presos. Aquel ínclito torero lo resumiría en dos palabras: el museo policíaco es in mejorable. O sea, que no admite mejora, que mejor se quede donde está, que no muevan sus mesas camillas y que su dios les guarde sus lladroses.

Conclusión pragmática

Los ilusos que crean ver una oportunidad laboral y/o turística en la apertura del vil museo del Garrote, deben conocer el significativo antecedente de un hermano suyo, el del (frustrado) museo de la Guardia Civil (GC). Reza la hemeroteca que el actual museo recibe menos de 15 visitas/día y eso que está en el centro de Madrid. Ante tan desolador panorama, el alcalde dizque socialista de un pueblo de Toledo se empeñó años ha en regalar el castillo del lugar -un mamotreto de mucha historia pues en el residió Isabel la Católica-, a la GC para que ésta reubicara allí su museo. Después de gastar cinco millones de euros en la remodelación, a finales del año 2012, la GC abandonó el proyecto por lo que el castillo fue puesto en venta inmediatamente. ¿Algún parecido con el museo palentino-policíaco?

Pese a los antecedentes, es natural que algunos sectores de Palencia capital vean en la hipotética apertura del museo policíaco una ocasión para incrementar su negocio. Honestamente creemos que estos palentinos deben evaluar los pros y los contras de la ocasión; en este sentido, pueden asegurar que los turistas ‘policíacos’ nunca serán muchos y que, a cambio, la imagen de una Palencia románica y natural será sustituida por la imagen de una Palencia represiva, lúgubre y morbosa.

Por si surgen dudas sobre el potencial turístico que conllevaría el secuestro del Centro Cultural, preguntémonos: ¿quiénes serían los potenciales visitantes del Museo del Grillete? Seguramente no serían policías –porque ya lo conocen- ni tampoco delincuentes contra la propiedad pública o privada –únicos que tienen dinero- sino que llegarían delincuentes contra la integridad personal propia y ajena; es decir, secuestradores, violadores, pederastas y psicópatas en general.

Palencia es una provincia enaltecida por la sangre de sus miles de republicanos asesinados pero es también la ciudad que acogió los primeros días de libertad de algunos ex presos. Por esas y otras muchas razones, no nos gustaría que las Palencias sean mancilladas por ningún psicópata. No querríamos que Palencia se convirtiera en una referencia de la invasión policíaca del campo cultural y menos aún que estos experimentos anti-culturales, cumbres del control mental absoluto de la ciudadanía, beneficiaran (también económicamente) a sus promotores, los invasores y secuestradores del Centro Cultural, los nuevos bárbaros uniformados.

Cartel Acto Palencia 26 sept

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